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Extracto del capítulo “La pleamar totalitaria: Contra Cataluña” de La Revolución Libertaria, de Heleno Saña, publicado por la Editorial Laetoli.

“En realidad, Cataluña había comenzado a ser despojada de su poder a raíz de los sucesos de mayo de 1937 en Barcelona y la toma del control del orden público por el comunista Burillo, con el nombramiento del general procomunista Sebastián Pozas como comandante en jefe del Ejército del Este y con el envío de barcos de guerra y 5.000 soldados de élite a la capital catalana [contra la CNT-FAI y el POUM]. Azaña, que en ese momento se encontraba en Barcelona, se quejó –no sólo en su correspondencia privada- de que la Generalitat lo había tratado con menosprecio y hostilidad y le había negado el debido respeto. Al mismo tiempo se deshizo en insultos contra los anarquistas, a quienes responsabilizó de las luchas callejeras, aunque Tarradellas le había explicado que todo aquello había sido una provocación desencadenada por la gente del PSUC y no autorizada por él ni por Companys.

Pero el viejo odio pequeñoburgués contra los anarquistas y la cólera recién avivada del castellano contra una Cataluña segura de sí misma, eran más fuertes que cualquier reflexión sensata. Al comienzo de la República, Azaña se había inclinado a favor de la autonomía de Cataluña por cálculo político; pronto, sin embargo, decidió hacerla fracasar aliándose con Negrín, Prieto y otras fuerzas anticatalanas.

Nada más asumir su cargo de jefe del Gobierno, Negrín fue instruido por Azaña a proceder con dureza contra Cataluña: “No puede admitirse que la economía se convierta en un despotismo personal, ejercido nominalmente por Companys y en realidad por grupos irresponsables que le sirven a él. […].

A finales de julio de 1937, Azaña se vio obligado a oír en boca de Tarradellas: “El Gobierno ha enviado a Catalunya un ejército de ocupación que vive a costa del país […]. De Madrid se está haciendo un mito para emplearlo a favor de la política centralista antiautonomista”. Tarradellas recordó también al presidente de la República que en el frente de Madrid luchaban 40.000 catalanes y que la ofensiva de Brunete sólo había podido acometerse porque Catalunya había suministrado la munición requerida para ello. Pero estas puntualizaciones encontraron oídos sordos en Azaña, que de acuerdo con Negrín prosiguió la campaña para despojar a Catalunya de su poder”.

“Negrín era un adversario decidido de Cataluña. “No estoy haciendo la guerra contra Franco para que nos retorne en Barcelona un separatismo estúpido y pueblerino. De ninguna manera. Estoy haciendo la guerra por España y para España. Por su grandeza y para su grandeza. Se equivocan los que otra cosa supongan. No hay más que una nación: ¡España!”.

Negrín y Azaña fueron apoyados con todo celo por el socialista Prieto y por los comunistas. Todos ellos abogaban por un Estado fuerte, por la unidad, el centralismo y la disciplina. El comunista Juan Comorera, a pesar de ser catalán, respaldó por oportunismo el hostigamiento del Gobierno central contra Cataluña, culpando a sus propios paisanos de no combatir a fondo en la guerra y de no haber hecho lo suficiente a favor de la defensa de Madrid. Por lo visto era más estalinista que patriota catalán.

Companys se quejaba continuamente –también ante Negrín- del desmontaje del poder de su Generalitat. Olvidaba por lo visto que ese desmontaje sólo había sido posible porque él y su partido habían procurado, junto con el estalinista PSUC, que se actuara desde el primer momento contra el POUM y los anarcosindicalistas. Pero la autonomía de Cataluña no podía mantenerse sin la fuerza de éstos. Como escribe Peirats: “Se dice que Franco abolió el Estatuto de Cataluña; no es cierto. Cuando Franco abolió el Estatuto de Cataluña, Cataluña ya no tenía Estatuto, porque se lo había merendado Negrín””.

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