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Josep Alomà 1936

En Alomà, inmerso en el torbellino de la lucha revolucionaria y la guerra civil en su Tarragona natal, la cuestión se plantea con franqueza. Él fue un hombre moral y también un militante de la revolución, en las filas libertarias. Lo primero, que era previo, le llevó a lo segundo, fusionando ética con política revolucionaria de un modo que emociona”.

Félix Rodrigo

LA ÉTICA Y LA REVOLUCIÓN

APUNTES SOBRE JOSEP ALOMÀ Y SU TIEMPO

Los escritos de Josep Alomà, que recoge Ramon Gras Alomà en el libro “La Idea. Negre sobre blanc”, proporcionan una visión impar de lo que fue el periodo de la guerra civil vivido desde la ilusión de la revolución tanto como desde la voluntad de rectitud moral.

            No es el momento de entrar en el análisis de los numerosos interrogantes, aún sin resolver, que plantea la guerra, y que van desde sus causas profundas hasta los motivos por los que el franquismo se alzó vencedor. En consecuencia, hay que desechar la tentación del análisis fácil y simplista para encarar, con serenidad y valentía, la prodigiosa complejidad de aquellos acontecimientos.

            El libro aporta luz sobre cuestiones por lo general relegadas, cuando no ocultadas, por los especialistas en nuestra guerra civil, sobre todo por aquéllos aferrados a explicaciones economicistas y mecanicistas, vale decir, deshumanizadas. Estos ofrecen elucidaciones supuestamente rigurosas… que tienen el inconveniente de no partir de la realidad, y de haber fracasado una y otra vez allí dónde se han aplicado.

            Señalaré algo que los mecanicistas olvidan: todo acontecimiento histórico es, además de político y económico, obra de individuos concreto-reales y también peripecia moral. Por eso no puede haber revolución sin: 1) calidad de la persona, lo que antaño se denominó virtud, 2) adhesión reflexiva y práctica de quienes desean revolucionarizar a una línea, normas o ideario moral. Pretender otra cosa es situarse fuera de la realidad, en el mundo de los dogmatismos y los fanatismos.

            En Alomà, inmerso en el torbellino de la lucha revolucionaria y la guerra civil en su Tarragona natal, la cuestión se plantea con franqueza. Él fue un hombre moral y también un militante de la revolución, en las filas libertarias. Lo primero, que era previo, le llevó a lo segundo, fusionando ética con política revolucionaria de un modo que emociona.

            Su idea fue la de Plutarco: vencer por virtud. Para Josep se trataba de alcanzar la unión de todas las mujeres y los hombres buenos, rectos e intachables no para hacer beneficencia o caridad sino para, nada menos, poner fin al capitalismo, al militarismo, al clericalismo. La revolución realiza, por tanto, la idea de bien y de virtud, como atributos de la sociedad y cualidades anímico-prácticas de cada individuo.

            Sin comprender que Alomà expresó uno de los anhelos más sentidos de las masas trabajadoras en los años anteriores a la guerra civil y durante ella no se puede percibirse esa parte de la historia. Quienes se empecinan en ver en aquélla, en su génesis, meros impulsos provechosos, consumistas, zoológicos, deseantes o economicistas, yerran porque sitúan lo que era secundario o inexistente en principal, al proyectar sobre el ayer las lacras y taras ideológicas, tan terribles, del hoy.

            Alomà no se anda por las ramas, califica a la II República española de “burguesa, capitalista y clerical”, verdad tan enorme que sólo los memos, trastornados o malvados pueden negar. ¿La solución?: la revolución. Sí, la revolución.

            Ésta es entendida como un gran cambio integral, que aúna transformaciones políticas, económicas, morales, culturales y en la calidad del sujeto. Por eso lamenta, tras unos meses de guerra, que “falta el desarrollo educativo moral” que mejore la calidad de las multitudes y la persona. El suyo es un “ideal de bondad, de belleza, de servicio a los otros”, no una pugna más o menos atroz por llenarse la andorga.

            Lo sustantivo en él es la épica, por ejemplo, cuando exclama “¡no cejéis en la lucha, que el triunfo es de los fuertes!”. Así pues, cultivar en el propio yo la virtud de la fortaleza es precondición de la revolución. Una fortaleza que no sea usa para la agresión alevosa, por supuesto, sino para resistir a pie firme, y si hace falta en ofensiva (como el 19 de julio), los embates del mal, esto es, del Estado y el capital.

            Cuando leemos que defiende “las reivindicaciones morales y materiales de las clases trabajadoras” nos sentimos abrumados por el pesar pues hoy sólo importan las demandas monetarias y consumistas. Los pancistas y zampones actuales, que han destruido el movimiento obrero y popular con sus locuras, no hacen mofa de esas “reivindicaciones morales” porque, en su estolidez patológica, ni siquiera logran comprender qué significa esa frase… Así de grave ha sido el retroceso. Hemos pasado de la plenitud a las cloacas, y de éstas a la nada.

            Al leer que el afán por auto-educarse debe ser sustancial, hasta el punto de “poner en ello tanto o más esfuerzo que en pedir una migaja más de jornal, que siempre será insuficiente bajo el dominio del sistema capitalista”, de nuevo nos derrumbamos por causa de la nostalgia: en ese tiempo Alomà trataba a los seres humanos como seres humanos mientras que hoy los “radicales” de pega lo identifican con un bolsillo, una suma de billetes y un estómago.

            Por eso Alomà fue perseguido: él mismo condenado a muerte aunque luego indultado por el franquismo; su hermano, que compartía los mismos ideales, fusilado… Díganme, ¿quién persigue a los botarates de ahora, empeñados en hacer del individuo un consumidor soez y sub-humano, no un revolucionario y un sujeto moral, como aquél?

            El libro está primorosamente prologado por Heleno Saña, que entiende bien al personaje al que, tras condenar el avieso ideario del “placer egoísta”, culmina presentando como “un hombre entregado a un ideal superior”.

            Que todas y todos lo seamos.

                              Félix Rodrigo Mora

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